sábado, 7 de marzo de 2015

El gran cuesco de la calle Mejorana



XXVIII Premio de Relato “Ayuntamiento de Moriles” (Córdoba). Febrero de 2015

EL GRAN CUESCO DE LA CALLE MEJORANA
Jesús Tíscar Jandra




La noche que en la calle Mejorana sonó aquel cuesco atronador, el calor tan aceitoso que imperaba había exhumado de sus pisos a casi todos los vecinos, los cuales se daban a la tertulia y al abanico, a la queja y al bufido, sentados a la puerta, en las aceras exentas de vehículos, sudando lo indecible pese a estar vestidos lo imprescindible. Es la Mejorana una calle corta y ancha, recta, con la calzada recién alquitranada siempre, hecha de casas chicas de tres pisos e idéntica a las nueve vías restantes que conforman la barriada de Las Buenas Hierbas —calle Albahaca, calle Cilantro, calle Orégano, calle Salvia, calle Romero, calle Melisa, calle Menta, calle Tomillo, calle Eneldo—, cuyos vecinos, igualmente evadidos para no ahogarse, o para ahogarse menos, también escucharon sin excepción, incluso el más sordo, la tremebunda e incontestable ventosidad que de repente rajó la atmósfera caldera que se había estacionado en el barrio aquella noche.
―Por Dios santísimo, ¿eso qué ha sido? ―se preguntó, en tono supersticioso y horripilado, el Bernabé, un viejo cabezón en camiseta, y fue su voz espesa la pionera en acabar con los cuatro segundos largos (casi cinco, dicen) que duró el absoluto y sobrecogido silencio que sucedió al estruendo, el cual había interrumpido tajantemente toda actividad humana y animal. No obstante la interrogante que siguió a su invocación, el Bernabé, de pelo amarillento y piernas gordas, había identificado sin dudar la naturaleza de semejante tronido, igual que el resto, por eso miró como a un indeseable al Agustín, su vecino, cuando éste, abanicándose con un catálogo de Carrefour y como si poseyera una sabiduría ignota y excluyente, le respondió:
―¿Eso? Un cuesco, Bernabé; eso ha sido un cuesco desagerao.
Fue entonces cuando los perros, tras haber brincado y echado a correr presas de un pánico pirotécnico, comenzaron a ladrar, soliviantados, indignados y rencorosos del sustazo tan abusivo que les había restallado en la sangre sin venir a cuento, en tanto el colectivo racional del barrio, pasado el desconcierto, recuperaba el color y el aliento en la sofocante noche y manifestaba su estupor nervioso como ocurre al cabo de un terremoto leve. Entre las exclamaciones y comentarios proferidos, muchos y variados, cabe destacar, por extravagante, el veredicto de una vecina de la calle Eneldo, la Marga, pechugona joven, quien, fumadora y sentada en el bordillo de la acera en compañía de tres patanes y una botella de cerveza itinerante, gritó, los ojos faros:
―¡Hostia, Satanás se ha peído! ―y se santiguó con la litrona.
A un buen número de vecinos, el rugido del gran cuesco los levantó de las sillas y tumbonas playeras con una agilidad que ya hubiesen querido aplicada a otros menesteres de la vida diaria, sobre todo a los de la calle Mejorana, donde quedaba localizado el epicentro del fenómeno y, por tanto, el trompetazo resultó más impactante. Unos a otros se miraban como si de pronto hubiese corrido la noticia de un desalmado entre ellos, si bien la opinión de que ese descomunal pedo no podía haber salido en modo alguno de cuerpo de persona se agarraba con ahínco al juicio de muchos. Que aquello había sido un cuesco estaba clarísimo, ya se ha dicho: un cuesco no muy largo, no muy corto, de discurso más bien discreto, de tono contralto y timbre pétreo, aunque con discernidas connotaciones carnosas y un sutil toque de reminiscencias líquidas; y, por supuesto, intencionado, no cimarrón, empujado conscientemente desde una considerable hondura intestinal. Un cuesco, en fin, corriente, de uso común, nada llamativo si no hubiese sido por la sobrenaturalidad de su volumen. Al respecto de este inaudito poderío sonoro, el Blas, un zapatero y duplicador de llaves a quien el zambombazo le había pillado copulando con su señora, la Nieves, mujer retaquita y no muy limpia, en el minúsculo dormitorio de su piso segundo del número 2 de la calle Salvia, expuso ―tras pausa desconcertada, apresurado proseguimiento y exitosa conclusión para ambas partes― una observación bastante gráfica:
―¿Has oído? Eso ha sido un desalojo bueno y lo demás, pamplinas. A quien sea se le han quedado libres tres bodegas.
La gente mandaba callar a sus perros: ¡calla, Chiqui!, ¡calla, Sultán!, ¡calla, Cleo!, ¡calla, Hugo!, ¡calla, Deisi!, ¡calla, Nelo, o te reviento!... Y los niños se habían organizado para corear, entre risas y retozos, insistentes coplillas y consignas como «vaya peo, vaya peo, tío Mateo», «se peyó la mula Catula» y «no te peas que me mareas», entre otros eslóganes improvisados, rimados y provistos de más o menos gracejo. En cambio, un chiquillo rubiajo y en taparrabos deportivo, el Currito, al que la sonoridad del cuesco había hecho caer de la bicicleta, permanecía en el suelo y con ella encima, sin llorar, pero sin atreverse tampoco a hacer otra cosa que estar así hasta que se aclarase aquel asunto y lo exculparan a él de cualquier responsabilidad, se conoce que el Currito era un niño llamado a capítulo con frecuencia y no siempre con justicia. Mas en esos momentos los vecinos de las Buenas Hierbas no buscaban culpables, sino focos, el foco: el punto exacto en el que había nacido y brotado el acontecimiento más importante ocurrido en la historia del barrio, que es tan breve como tediosa, muy superior en valor e interés al misterio del morador aquel que tuvieron hace once años en la calle Albahaca y que a la postre resultó no ser de la eta ni de banda armada parecida, sino un vulgar homosexual adúltero que había alquilado un tercero para sus devaneos con un jovencito «del mismo comando», aunque, eso sí, malcarado y sospechoso como él solo, siempre vestido de oscuro, que los recelos y las murmuraciones no se alimentan del aire. Banal enigma aquel, pues, en comparación con el que aquella noche hornina de agosto atrajo una afluencia de vecinos sudorosos y medio coritos a la calle Mejorana, pasadas ya las doce, las digestiones de la cenas terminadas, el sueño impensable.
―Ha sido aquí, ¿verdad?
―Eso parece.
La Inés, que había escuchado el breve diálogo intercambiado entre una limpiadora del hospital que vivía en la calle Orégano y una viuda blancuzca y antipática de la calle Menta, casi las increpó, agitando un dedo:
―¡No, no, no, no, no, no! ¿Cómo que parece, cómo que parece? ¡Ha sido aquí, el cuesco se lo han tirado en esta calle, vamos, de eso estamos segurísimos, señora, ha sido en nuestra calle, en nuestra calle!
Y no erraba la Inés, sexagenaria espingarda en pijama veraniego azul celeste, el pantalón demasiado atirantado, en la defensa a ultranza del protagonismo del espacio de su domicilio ante esas dos «extranjeras» que venían a meter las narices con más desdén que auténtica curiosidad por lo acaecido. La cuestión era, dentro de la circunscripción de la calle Mejorana, de cuál vivienda, portal o reunión exterior de vecinos acalorados había soplado el soberbio castañazo. En su mayoría, la gente miraba hacia los balcones, deteniéndose en los pocos que presentaban luz, escamándose de los convecinos que se habían asomado y que respondían a las miradas con gestos de «¡a mí que me registren!», consistentes ―como es universal― en extender los antebrazos, abrir las manos y encoger los hombros. Así, la calle Mejorana se iba poblando cada vez más de criaturas del barrio. Algunas traían botijos de agua fresca, botas de vino y botellas con pitorro. Al Vicente lo tuvo que mandar a callar un hijo suyo, el estudioso, el Ricardo, porque se estaba poniendo muy pesado con la partida de escoba sobre mesa plegable que le habían obligado a abandonar cuando iba ganando. «Vamos a seguir con las cartas, hombre», decía el Vicente, un parado de larga duración, sindicalista y enjuto, a sabiendas de que nadie le iba a hacer caso, «a nosotros qué nos importa; dejad que la gente se alivie en paz, cojones». Los nenes, algo perdida ya la gracia, porfiaban en sus chascarrillos y se paseaban, tambaleantes, entre la gente, fingiéndose beodos, a saber por qué.
―Aquí abajo no ha sido ―aseguraba el Pepe―. De los que estábamos aquí en la calle no ha sido nadie, eso fijo. El peáncano ha sonado en las alturas, ¿es así o no? ―buscaba la corroboración de sus compañeros de casapuerta, y la obtenía sin reticencias ni excepciones; sin embargo, no satisfecho con la veracidad que le imprimía a su aseveración, el Pepe, todo panza pilosa en bermudas color pistacho, pendiente de juicio por agresión a un funcionario público de Asuntos Sociales, remachaba con cierta petulancia futbolística―: La trayectoria del cuescazo ha volado claramente sobre nuestras cabezas. Si se lo hubiera tirado alguien aquí, en la calle, lo hubiéramos sentido claramente rasante. Es una cuestión de física, claramente, de niveles, de percepción, ¿me comprendes lo que te quiero decir?
Ocupada por más de medio centenar de personas, la calle Mejorana tenía en esos momentos un algo de fiesta patronal, un algo de concentración reivindicativa y un algo de alarmante suceso, con su desorientación y su bullanga. Se oían parlar y cantar radios a medio volumen. Había vecinos que, pese a la cercanía de sus viviendas, hacía tiempo que no se veían y aprovechaban para cumplimentarse y preguntar por lo principal, la salud, pero también por aquello y por lo otro, que nunca está de más. Don Feliciano, un octogenario obeso y completamente vestido, con gorra de pana, con tirantes, los protuberantes genitales a un lado, dormitaba sobre su papada en la silla de ruedas nueva, ajeno al calor y al gentío al que lo había traído rodando su nuera, la Silvia, que tenía una tienda de bisutería en el centro, con dependienta. Por todas partes chisporroteaban pequeños flashes que inmortalizaban el ambiente de aquella noche notable en la que el estallido de una ventosidad superlativa y aún sin emisor conocido se impuso al ánimo escalfado de una barriada obrera demasiado habituada al «hasta mañana» y se acabó. Dos vendedores de la once que vivían en el barrio, el César y el Pedro, no invidentes del todo, gafotas, pregonaban en camiseta los cupones para el sorteo del día siguiente, disputándose una clientela predispuesta a relacionar el acontecimiento del cuesco con la buena fortuna. La Marirrosi ofrecía melón. «De noche no, Marirrosi, que hace daño», rechazaban los más, y la Marirrosi, que tenía mermadas sus facultades mentales y también la movilidad de un remo, se preguntaba qué sabría el cuerpo si era de noche o de día, ella lo único que deseaba era reiterar su generosidad innata y que todos disfrutaran del melón tan bueno y tan hermoso que le había comprado esa mañana al tío de las voces. El Currito por fin se había levantado del suelo, pero recelaba de la gente y, montado en la bicicleta, miraba cauteloso desde la protección de la distancia. De pronto, alguien gritó muy fuerte:
―¡Quien haya sido que lo diga! ―y tal conminación actuó de acicate instantáneo para el surgimiento de un coro nutrido y contundente: «¡¿Quié-na-sido?! ¡¿Quié-na-sido?! ¡¿Quié-na-sido?! ¡¿Quié-na-sido?!», agitando los coreadores el puño cerrado para remarcar cada golpe de voz y avizorando al tiempo los balcones y ventanas. Los que por motivos de trabajo, ocio o extravío regresaban al barrio a esas horas y se topaban con el guirigay de la calle Mejorana, se reservaban un instante para asombrarse y no dar crédito, pero al cabo se unían al jaleo sin conocer el porqué del mismo ni importarles tampoco demasiado. No obstante, cuando eran informados redoblaban la intensidad de sus voces y puños. La chiquillería rabiaba de gusto. Los canes ladraban a la muchedumbre. El Alfonso, cuarentón al que se le había ahorcado el padre no hacía mucho, arrimaba el bajo vientre a las nalgas de las muchachas y ponía los ojos en blanco, tanta piel desnuda y junta lo tenía desquiciado. En vista de que la consigna vigente no sacaba del anonimato al autor que buscaban, alguien propuso otra, la cual fue inmediatamente secundada por el gentío: «¡Eldué-ño-delpeo! ¡Eldué-ño-delpeo! ¡Eldué-ño-delpeo! ¡Eldué-ño-delpeo!». Pero ni por ésas.
―El dueño del peo lo mismo está aquí desgañitándose con nosotros ―apuntó la Gloria en el oído de su hija mayor, también la Gloria.
―No te extrañe, suele pasar ―dijo la hija, próxima a parir un niño al que pensaban registrar en la existencia como el Alfredo, no bautizar, sus progenitores creían en Dios, pero no en los curas, así se lo confesaban a todo el mundo que se interesaba por el pecado original del feto y también a los que no―, como los asesinos esos que luego se sabe que habían estado en el entierro de sus víctimas.
―Lo mismo. Y hasta llevando la caja.
―¿Qué, que no? Y hasta llevando la caja.
A la una y cuarto de la madrugada apareció un coche patrulla de la Policía Municipal. Tuvo que detenerse en la bocacalle ante el atestamiento de gente, sus ocupantes debieron considerar el peligro de aplastar algún escafoides con los neumáticos si se introducían entre la chusma, en ese caso les caería una buena. Por su parte, los manifestantes, dando por hecho que quien había avisado a los guardias no podía ser otro que el que se había tirado el cuesco, recibieron a la autoridad con una gran pitada. Dos agentes jóvenes y altos, morenos y garbosos, muy parecidos ―cualquiera diría que, si no gemelos, hermanos―, se apearon del vehículo con el gesto fugaz e indisimulado que a los miembros de la policía que no son bienvenidos suele transferirles la siguiente quimera: «Veríamos lo que pitaríais de uno en uno conmigo en cierto cuartito de la comisaría, payasos». Los vecinos situados en el extremo de la masa al que se acercaban los agentes se abstenían de pitar, claro, muy al contrario: algunos se apresuraron a ser ellos y sólo ellos los parlamentarios y hasta un pequeño conato de pelea se produjo en el afán de asumir el papel mientras los uniformados reclamaban con las manos el apaciguamiento de la estridente chifladera.
―Buenas noches ―saludó un policía―. Hemos recibido una llamada denunciando una alteración del orden público. ¿Qué ocurre aquí?
Al Rogelio casi se le atragantaron las palabras a causa del placer salival que le produjo el hecho de que el policía lo mirase a él para obtener de su boca el relato de los hechos:
―Pues mire usted, señor agente, que aquí se han tirado un cuesco muy grandísimo y el que haya sido no quiere dar la cara ―dijo el Rogelio, en pantalón de chándal, el pelo engominado y riñonera, empleado en una cristalería cuya jefatura ambicionaba. A su lado, la Loli, su prometida de años, regordeta, le miraba con arrobo una oreja a su novio y chupeteaba un polo color fucsia. Probablemente, si la Loli y todos los que atendían al diálogo, que eran cada vez más, se hubiesen reído tras la explicación dada, los agentes de policía le habrían tomado los datos al cristalero por desacato a la autoridad. Pero allí no se rió nadie, el asunto parecía serio.
―Perdón, ¿cómo ha dicho usted? ―quiso el municipal volver a oír. Su compañero, mosca, vigilaba las caras de la Loli y de los demás, una mano apoyada en la empuñadura de la reglamentaria cachiporra. Como era de esperar, la palabra le fue rapiñada al Rogelio por otro ansioso informador, el Ángel, renegrido de carnes, cocainómano, no vendía:
―Lo que ha pasado, mire usted, es que estábamos aquí tan tranquilos tomando el fresco y... hará una hora o así... ha sonado un peo que eso no era normal, guardia, una cosa descompasada, se lo juro, tenía usted que haberlo oído...
―Y ahora lo que estamos es pidiéndole por las buenas al que se lo ha tirao que lo diga ―intervino la Sara, una de esas adolescentes a las que, debido a las particularidades de su atuendo, por lo general ceñido, a los excesivos afeites que ostentan y a un modo de hablar eminentemente chabacano, el vulgo denomina con el apelativo de chonis. La Sara, shorts inguinales y sostén del biquini con estampados del célebre monigote nipón Hello Kitty, los senos menudos, lucía un moratón con herida coagulada bajo el ojo derecho, al parecer su padre era adepto a la rama ruda de las reconvenciones y además gastaba tumbaga―, eso es nada más lo que pasa, no te vayas a creer que vamos a matar aquí a alguien, que no, que lo que pasa es eso, ¿sabes?
Ambos agentes de la Policía Municipal, sudorosos, se miraron por primera vez sin saber qué decir ni qué utilidad aplicarle a la capacidad de gesticulación de sus rostros. En tanto había durado el parlamento, de entre los vecinos que abarrotaban la calle Mejorana, ya cerca del centenar, sonaron algunos «fueras» y demás abucheos dirigidos a la pareja, así como intentonas de continuar coreándole apremios de identidad al vecino flatulento, pero no prosperaron. El calorazo había encontrado cebo y acomodo en aquella masa humana viviente y excitada y se crecía sin piedad en sus brasas pegajosas, amenazando con repartir soponcios, como efectivamente le ocurrió a la Angustias, una señora hipotensa casada en segundas nupcias con el Serafín, marmolista, hipertenso y buenazo. A la Angustias, tumbada en el suelo, le pasaron por la frente un trozo del melón de la Marirrosi, que estaba fresquito, cosa que a la Marirrosi no le hizo mucha gracia, hasta el punto de que se le saltaron las lágrimas contemplando el uso tan inapropiado que le estaban dando a su melón. El agente que había permanecido callado le dijo a su compañero en un aparte:
―Mira, yo no sé que coño está pasando aquí, en estos barrios raros hay mucho subnormal, tienen sus leyes y sus costumbres y ellos se entienden, es mejor dejarlos, yo estoy loco por volver al aire acondicionado del coche, así que les damos un aviso y nos piramos ―. El otro asintió con la gravedad de quien acepta un sacrificio legítimo. Su compañero carraspeó antes de informar en voz alta y administrativa―: ¡A ver, esto es una manifestación para la que no nos consta que se haya pedido el permiso pertinente, así que hagan ustedes el favor de disolverse o tendremos que tomar medidas, además es muy tarde y están metiendo escándalo, si volvemos a recibir denuncia tendremos que actuar en consecuencia! ¡Buenas noches!
Sonaron algunos pitidos más y una minoría de timoratos dispersos optó por obedecer al instante, se desintegraron de la masa. Los guardias se encaminaron al coche patrulla a buen paso, haciendo caso omiso del requiebro que les dedicó la Sara ―«¡guapos, mira qué culitos!»― y que, naturalmente, dio lugar a un chillerío de hilaridad ginecozafia. Cuando el coche arrancó y se alejó, los pitidos arreciaron, los timoratos se reintegraron y don Feliciano se despertó, miró a su nuera, no la reconoció y volvió a dormirse plácidamente sobre su papada. Un hombre calvo y con barba muy negra y pareja, vestido de blanco y de verde, le preguntó al Currito si quería un ordenador portátil, con juegos, y el Currito, que se había escabullido muerto de miedo al ver aparecer a la policía y escuchaba los coreos y los chiflidos desde la calle Menta, una de las últimas del barrio, por la que pedaleaba de un extremo a otro en soledad y rezando para que no lo metieran en un centro de menores, le dijo que bueno y siguió al desconocido a la furgoneta, «la tengo aparcada aquí cerca, ven». En la calle Mejorana, pese al menosprecio demostrado a la autoridad, la intervención de la misma, unida al calor asfixiante, habían frenado considerablemente el ímpetu reclamatorio de los vecinos concentrados. Algunos intentaban retomar las consignas, pero como no cuajaban, desistían.
―Lo que está claro es que quien haya sido es un cobardón ―opinó la Pili, ama de la peluquería Pili, separada, tenía un hijo estudiando para militar.
―Ha tirado la piedra y ha escondido la mano ―estuvo de acuerdo el Tete, un camarero con apenas cejas y un brazo completamente tatuado, el otro no.
―¿Habrá sido la Salu? ―especuló la Felisa―. Aquí no está, yo no la he visto en toda la noche, esa está hecha una buena pedorra ―y oteaba sobre las cabezas de la gente, empinándose, mientras en el semblante la sospecha se le tornaba de pronto certeza y miraba hacia el balcón cerrado de la acusada mordiéndose el labio inferior con inquina. La Felisa, cuarentona nariguda, los ojos macerados en un sempiterno enfado, la camiseta con la marca comercial Matutano en la pechera y cercada de sudor por las axilas, cola de caballo hasta el coxis, le profesaba a la Salu una animadversión tradicional, familiar, hereditaria, vagamente lésbica, y aprovechaba cualquier coyuntura para levantarle falsos testimonios ante quien fuese, por eso no le hicieron mucho caso.
Aquello se había acabado. En vista de que allí nadie asumía la autoría del gran cuesco, los vecinos comenzaron a retirarse paulatinamente, apestados de aburrimiento, desánimo y sueño, un poco avergonzados también por convivir con una persona tan torticera que había sido capaz de conjugar poderío y anonimato en una sola acción desconcertante y que, encima, les había mandado a los guardias. Eran ya las dos de la madrugada, esa mañana muchos se levantaban temprano para trabajar o para hacer nada, para echarse a la calle a pasear y evitar la permanencia excesiva en aquellas conejeras con lavabo y televisor, y como el calor había alcanzado en el caldo de la concentración un rango homicida, lo que recomendaba el sentido común era irse a casa. Como dijo el Gregorio, cojo y fumador de puros ínfimos: «Cada mochuelo a su olivo, que aquí ya no hay cuesco que valga, hemos terminao». No obstante el abatimiento por la derrota, los habitantes del barrio de Las Buenas Hierbas, junto al «ya te pillaremos, ya» que a todos les resonaba en las bóvedas del rencor, se llevaban el convencimiento de que aquel había sido un suceso memorable, un acontecimiento de marca mayor del que mañana mismo empezarían a hablar y no pararían hasta que el deterioro de su novedad lo volviera absolutamente inservible o tuviera lugar otra ocurrencia que, cosa rara, ensombreciera a esta.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Tate quieta, cojones

Si no sabes inglés, tate quieta, cojones, tate quieta, no le quites el trabajo al traductor para decir wachi wachi wachi café con leche porque eso no está bien, eso está muy feo. Tu marío ya dijo que eschamos trabajandou en ellou y se quedó tan fresco, tú te haces la chula no poniéndote los auriculares y la lías parda. Nos vais a achicharrar la cara de la vergüenza que pasamos, cagon la leche que sus dieron. Taos quietos, ¿no? Yo creo que sí. Que no sois los Morancos, coño. Nada más que por el ridiculazo que habéis hecho no os merecíais los Juegos Olímpicos. A tomar mucho por culo los Juegos Olímpicos. Taos quietos con el inglés, de verdad, so sucios, que sois unos sucios.

viernes, 23 de agosto de 2013

El Twitter y el hambre

Ha dicho la alcaldesa de Cádiz que mucha gente que pide ayudas públicas para comer tiene cuenta de Twitter. "Eso cuesta dinero, ¿no?", ha preguntado. No voy a entrar en lo facilón y demagógico del hambre (ay, ay, ay, pobreticos), tampoco en que efectivamente hay "profesionales" de las ayudas públicas (el pueblo no es un ente limpísimo, qué va, el pueblo es el que ensucia las paredes y luego protesta porque no las limpian). En lo que sí voy a entrar es en que la alcaldesa Teófila identifique Internet con un lujo (y de los caros) y piense que, quien pasa hambre, no puede tener una cuenta en Twitter: que ha de estar mano sobre mano, llorandico, o lanzando dentelladas a las moscas para alimentarse. Ceporra la tía. Lo mismo para ella el mando a distancia es una varita mágica que transforma las imágenes de la televisión a la que los pobres no tienen derecho. Que se levanten y le den al botón.

jueves, 22 de agosto de 2013

Me tienen fritico

-Oye, Cameron.
-Dime, Mariano.
-No, no, llámame Rajoy; yo te he llamado a ti Cameron.
-Bueno, pues dime, Rajoy.
-Cucha que te diga: tú sabrás la que tengo liada con un tesorero que tuve, ¿no?
-¡Uh! ¿Que si lo sé? Lástima me das.
-Gracias. Pero yo es que quería pedirte un favor.
-A ver, echa.
-Que la liemos gorda con Gibraltar, por desviar la atención.
-Joder, Mariano...
-¡Rajoy! Yo te llamo a ti Cameron.
-Joder, Rajoy... ¿No se te ha ocurrido otra cosa? ¡Qué topicazo!
-Ya, pero es que eso mola mucho al español, te lo digo yo.
-Bueno, si tú crees que así...
-Lo creo, lo creo. Es por descansar un poco de Bárcenas, que me tienen fritico.
-Venga, pues vale, la liamos, no hay problema. Oye.
-Qué.
-Me debes una, lo sabes.
-Claro, Cameron. Claro que lo sé. Muchas gracias. Qué bien hablas español, Cameron. ¿Cómo está tu señora? ¿Oye? ¿Cameron? ¿Oye?... Joder, qué prisas.

jueves, 15 de agosto de 2013

Pero mira qué cachorritos más hijos de puta

Mientras en Valencia alzan el brazo fascista, los cachorritos del PP que fueron a apoyar a Cospedal aprovecharon para mofarse de un anciano preferentista estafado que se estaba manifestando. Por supuesto que no hay que privarse de tacharlos de verdaderos hijos de puta y de marranos, y, ya puestos, desearles grandes males en... por ejemplo... el ojete, no sé, un tumor que tarde años en matarlos y les haga aullar de dolor hasta enloquecer, todo eso en presencia de sus papis, y que el mal se extienda a las generaciones venideras de su sagrada familia y la de Rouco. Eso es lo suyo, merecen mucho desprecio y ninguna compasión. Ya está bien de confiar tanto en el ser humano, en ese pedazo de mierda que habita entre las bestezuelas y las avecicas del campo, no vale la pena.

domingo, 7 de julio de 2013

Putillas

He esperado unos días y nada. Ninguno de los dos periódicos provinciales de Jaén han escrito sobre La vida de Chomino —la comedia teatral de mi autoría (el texto), dirigida por el maestro Karames y protagonizada por unos actores, músicos y bailarinas de excelente factura—, que puso al público de pie en el Darymelia el pasado día 24 de junio. Se han hecho eco de otras obras de la III Muestra Escena Jaén, pero sobre La vida de Chomino han pegado un salto con el culo apretao. Lo habéis notado, ¿verdad?
En el caso del diario Jaén es “natural” y aberrante si tenemos en cuenta que su director, Juan Espejo, les tiene prohibido a sus redactores nombrar a Jesús Tíscar bajo ningún concepto. ¿Y por qué? Porque hace un tiempo tuve la osadía de hacer públicos los motivos de mi marcha de las páginas de opinión del Jaén: la censura bestial que el mencionado director ejerce. No he sido el único. Y a todos los desleales (o sea a los que, a pesar de todo, no seguimos riéndole las gracias) nos tiene en lista negra ese al que se le llena la boca de pluralidad y libertad cuando cree conveniente decirlo. “El periódico de todos los jiennenses”, reza el lema del diario Jaén. “Menos de los que Juan Espejo diga”, habría que añadir.
Pero ¿y el Ideal? Yo al Ideal no le he hecho nada. Tampoco he pagado redactores, a lo mejor es por eso. Creo que la prensa provincial ha terminado de hacerse putilla. Y no sólo por dinero. Los dos periódicos provinciales se deben una especie de respeto y posiblemente intercambian estampicas a la salida del colegio. Bueno, y ya con las teles es que ni me molesto en cabrearme, menudas furcias del partido que las manda.
¿Es tan importante, es tan imprescindible que el Jaén y el Ideal saquen tu trabajo? Pues mire usted, sí, vamos a dejarnos de gilipolleces. Primero, porque hemos formado parte de un exitoso acontecimiento cultural en esta capital estragada, y eso es de todos. Segundo, porque es nuestro trabajo de meses y nos conviene que se sepa que lo hacemos así de bien, igual que las romerías, los besapiés, los besapollas, los aceitajos y los partidos de fútbol. Y tercero porque La vida de Chomino la hemos hecho muchos, no sólo el cabrón del Tíscar, y me revuelve las tripas que un juanespejito cualquiera oculte así a mis compañeros porque le da la gana.
Agradezco al Viva Jaén, a Laciudad.info, a La Voz de Jaén, a Jaén Vive, a El Mundo de Andalucía, a Enjaen.es y a todos los que se me olvidan la atención que sí nos han prestado, sobre todo a Laciudad.info, que funcionó como ha funcionado toda la vida la prensa: con redactora y fotógrafo in situ.